jueves, 16 de febrero de 2012

Elemetal



Me colgué en la carpeta que, a cada paso, escribías en el atardecer y escondido reanimaba tus caídas. Despegué las tantas veces que solías escribir tristeza y amarré los dominios lunáticos del mundo para que no construyan en ti, su soldadesca marioneta. Mírame ahora, siento ganas de decir qué tan profundo suele ser la vida sin un gracias elemental.

Culpable de avenidas y de ciudades, de principios y de razones; ahora, solo ahora, me pregunto en el atardecer: ¿alguna pluma soñadora no cae sin el vuelo?

Me colgué entre tus verdades, no admitidas, esperando cabalgar al son de tu sonrisa. Imagina cuan presto fui capaz de envejecer para forjarte una espada ante la tristeza. Ahora, solo ahora, suelo ver que los caminos que se siembran no siempre se cosechan.

Que suelo ser aquel que, en lluvia, auspicia la nostalgia; mientras tú cantas, brincas, sientes, ríes… vueltas y más vueltas y no recuerdas que todo eso, todo eso, no sería capaz sin la presencia del que ahora le ausencias de tu voz.

jueves, 22 de diciembre de 2011

¿Quién mató a papá Noel?



En estas fechas suelo ser tan ingenuo. Creo que la navidad causa este efecto, pero cuando era niño, me resultaba más sencillo decir “papá Noel no existe”; ahora, solo digo “tal vez no exista” a mi sobrino, pero él me mira como si hubiera roto su alcancía llena de esperanzas y empiezo a pensar en solucionar esta extraña manera de arruinar su navidad. “Eres un ogro”, me dice mi prima y lo reafirma mi amiga con un ademán. Las miro y me pregunto si es necesario creer en él, pero luego prefiero dejarlo y comenzar a pensar cómo abastecer la esperanza de este mocoso, que es mi sobrino. No es que sea ogro, sino es que la navidad me asfixia en tanto árbol se acerque en casa.
Mi sobrino me observa intrigado y agarrando mi pantalón, suavemente, me comienza a preguntar si de pequeño papá Noel me había castigado y no me había llevado regalos. Le observo y con un golpe, en mi frente, exhorto a mi prima que no le haga veresas películas, que simplemente hace llenar de esperanzas la alcancía de un despistado niño. Otras vez llega el “ogro de ocho cuartos” y los “tú no tienes corazón”.

Salgo de aquella sala y al voltear, mi amiga, empieza a consolar a aquel bandido que llora porque, según él, yo había matado a papá Noel en venganza de no acordarse de mi regalo. “Dios me libre de todo derramamiento de sangre.Ingenuo niño”.
Empiezo a caminar solo, sé que mi amiga estará más cómoda en mi sala que con un ogro estropea-esperanzas; por ello, no me preocupo y sigo avanzando. Pero, rayos y más rayos, todo rojo y verde, perro ¡jo, jo, jo! y hasta gatos entonando villancicos. “Mocoso del demonio, todo esto ha sido tu estratagema”, dije y un vecino de la cuadra me detiene y me insiste que le ayude con las luces en el árbol. “¡Que te ayude Edelnor!”, le digo todo irritado, pero es navidad y todos no entienden de maldades. Empieza a reírse a carcajadas y hasta contagia al perro ¡jo, jo, jo! en un ¡ja, ja, ja!
  – Vamos hermano, solo ten esto en tus manos y listo – hasta rima el muy payaso.
 – Ya, ya, ya; pero apresurase que necesito comprarle algo a mi sobrino para que deje de gritarme asesino.
 – ¿Asesino?, ¿usted asesino?
 – Vamos, no se alarme. Me acusa de matar a papá Noel; pero bueno, cosas de mocosos. ¿Ya acabó? Ok, hasta luego.
 – Hey!, vecino, ¡vecino! espere, espere.
 – ¿Qué falta?
 – No, nada. Solo para decirle que el mejor regalo está aquí en el pecho, solo sáquelo y dáselo.

En fin, llegué a casa con chocolates y al asomarme a la puerta de mi sala, escucho los rumores de mi ogredad como tema de conversación. Rayos y más rayos, hasta mi amiga se presta para estas cosas.
 – La otra vez hasta le quitó un dulce, ese, el de bastón, a una niña.
 – ¿Qué?, ¿verdad?
 – Sí, parecía un niño y a mí me acusa de infantil.
 – ¡No!, ¿en verdad? Tienes otra anécdota.
 – Sí, la de...
No aguanté y entré estrepitosamente.Confieso que sí quité, a esa niña, aquel dulce, pero por la simple razón de que me hartaba verla con la cara del “yo sí tengo y tú no”, solo por eso; quería que aprendiera a ser humilde, lo juro. Y la vez que correteé al niño, disfrazado de duende, es porque el muy bandido me sacaba la lengua a diestra y siniestra.

Todos me miraban y sonreían con disimulo. Observé a mi amiga, pero luego la mirada se congeló en mi sobrino.
 –  Enano, ¡ven! ¿Sabes por qué no existe papá Noel?
 –  Jacob, qué haces, deja de decir eso. – dijo mi amiga. Pese a esa interrupción, yo seguí.
 –  No existe papá Noel porque tú lo has matado...
 –  Basta, qué dices.
 –  Y el asesino eres tú, así que no me acuses de tus maldades.

Mi sobrino, como he de esperar, utilizó su llanto para cohesionar a la familia en contra de mis argumentos, lo bueno es que dejé callados a todos cuando saqué del bolsillo unos chocolates en forma de papá Noel y me los llevé a la boca. Después de este acto, mi sobrino se quedó callado.Alzó su mano y señaló el empaque. Creo que entendió el mensaje, ya que un día anterior, a todo lo acontecido hoy,dejé el paquete de chocolate en el escritorio, pero a vista de mi sobrino, lo cual dije: “Papá Noel está en este paquete, pero si te lo comes: lo vas a matar, ya no va a existir”.

Él había matado a papá Noel, lo cual deja, en mí, la satisfacción de tener la conciencia limpia y el estomago lleno de chocolate.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Insomnio

No sé exactamente qué hora es, quizá y ya son las cinco, porque veo el amanecer tan caprichoso, las moto-taxis que van de un lado a otro, los gallos que entonan el himno hidalgo de aquellos que salen a trabajar. Mi celular empieza a danzar, creo que lo configuré para que sonara a estas horas. Me levanto, bostezando por un largo tiempo, observo a mi perico que me da los buenos días. Voy hacia la computadora y aprieto el botón. Necesito prenderlo, quiero escribir algo que se me viene a la cabeza como por ejemplo: cierta vez un hombre sintió perderse en el olvido, pero ella siempre estaba para hacerle recordar que los días suelen pasar con algunos mortales golpes. Quise escribir eso y, tal vez, tener la sensación de poner un a toda costa le resultaba satisfactorio verla sonriente. Agregar que ella era una diosa, una sonrisa, una mujer tan pegada a la naturaleza, tan bondadosa, amable con el mundo, tan andina, tan mujer y yo o mejor dicho, aquel de la historia, tan errante, tan sufrido, tan distante al afecto, tan no sé qué que lo hacía querido por muchos y odiados por tantos. Me separo por un momento y voy a despertar a mi padre, le digo que ya es hora de mirar el cielo y despojarse de la vida misma. No me contesta y me preocupa verlo tan cansado. Los años pasan y la palpitación de nuestra vida se hace cada vez más corta; empiezo a golpearme la cara, tratando de despertar de un mal sueño. Camino hacia la computadora y trato de darle vida a mi personaje, pero luego pienso y pienso incansablemente en él y no encuentro sentido a su existencia, así que trato de excluirlo y centrarme en ella. Iban caminando, sabían que no demorarían en llegar a la estación. Ella pensaba que aquel joven era un ser tan misterioso, tan diferente a los demás, pensaba que, tal vez, era un errante, un sufrido, un distante al afecto. Me tengo que ir, dijo y él se despidió tan seco. Ella sonrió al verlo sin saber qué decir. Él volteó, insultándose lo más tierno posible. Dejó una oportunidad en la ruina. Punto. Espacio y empiezo otro párrafo. Leo lo escrito y siento que no he dicho nada. Borro toda evidencia de una mala actuación. Naturalmente ella había ido al encuentro con una sonrisa tan tierna y esperanzadora, en cambio aquel sujeto, solo necesitaba tenerla cerca, observar su sonrisa y dejarse llevar por su dulzura. Sentía que estando así, descubriría el mecanismo del afecto, la atracción que generaría el impulso de decir un me gustas, con cierta variedad, y dejar que lo demás siga su curso, como las moto-taxis, que van de un lado a otro, tratando de encontrar pasajero alguno y transportarlo al destino que desee, como aquel gallo que compone ese himno tratando de despertar a aquellos que hacen caminar al mundo. Mi padre se levanta, me empieza a preguntar el porqué de mi desvelo; le menciono mi falta de sueño y mientras me observa sorprendido, empiezo a apagar la computadora.

lunes, 24 de octubre de 2011

Ladridos de perros




Me hubiera gustado que su perro me ladrara más tiempo y que sus pulgas llegaran hacia mí para rascarme la última esperanza que tenía hacia ella. De todos modos alguien tendrá que socorrer, algún día, su llanto y en la lista de los que esperan con ansias, su oportunidad, ya no he de estar; por otro lado, es necesario decir que nunca tuve oportunidad ni ganas de hacer cola insostenible e innecesaria. Me había conformado con solo sentir su amistad y es que el conformismo, en cierta medida, es sentirse como un hábil corsario, que sabe que el mayor tesoro es aquel que no se obtiene. Prohibirme esa felicidad es mejor que tenerla todo los días, como las cartas, que siempre serán cartas en la mesa o el juego que alguna vez lo dejé sin terminar y es que el juego no dejará de seguir su camino si uno deja el estatuto de jugador. Además, la dignidad, no está sujeta al azar, pero sí a la victoria o a la derrota y la seducción, mi mayor flojera, suele ser materia de indignaciones. Por el momento me limito a decir que el mundo está plagado de pulgas que nos saltan en los ladridos de perros.


Terminado el asunto–el perro por fin desapareció, se esfumó entristecido porque su furia me era insignificante– acaricié su cabello, ella volteó. Me asustaste, pensé que eras otra persona, me dijo. Sonreí y toqué su mano. Me tengo que ir, ocurrió algo inesperado, le dije y ella, en medio de la melodía, apretó mi mano y sonriendo me dijo que no me preocupara. Sus ojos me mostraban tantas cosas que su propia sonrisa dejaba una amarga limitación. Me despedí por última vez y saliendo, del sonido placentero, comencé a preguntarme ¿me puede amar sin conocer cómo realmente soy?, ¿qué sensación es esta, que me ata a ella?, tantas cosas en común y solo la distancia es ajena.

Ella tenía la capacidad para destruir una ciudad entera, pero apelaba a la fórmula elemental del todo da vueltas, tenía el poderío de dejar en banca rota a una nación, pero apelaba a la formación de igualdad y los gastos se pagaban a medias. Mujeres así, aunque no lo crean, aún existen en el mundo, que desisten de su belleza como arma mortal y satisfacen sus apelables egos viviendo como simples mortales y otras, tal vez, solo apelan a vivir la vida como el vaivén de un ermitaño de sabio pensar, donde la importancia de la belleza es innecesaria para ser feliz. Es necesario afirmar que me cuesta decir quién es bella y quién no lo es o quién es excesivamente hermosa o no. Para mí, la vida no se frustra en encasillarlas en una categoría subjetivista y relativa, pero no importa, por ahora, detallar todo esto, al fin de cuentas me fui con la sensación de derrotado en una contienda que no me imaginé ser partícipe. ¿Derrotado?, ¿dije derrotado?, no importa, quizá y más adelante me entere por qué salió esta palabra a flote.

Llegué a casa, cansado, sin ánimos de someterme a los libros, tratando de olvidar todo lo que oprimía mi pensar, pero recordando siempre las ansias de saber los resultados de los análisis que ponían en jaque mi vida. Mi madre sonreía al pasar por mi lado. No te preocupes, todo saldrá bien, decía y eso me confortaba. Pero dejemos el lado familiar para otro día, avoquémonos, por el momento, en ella.

Doce en punto y no encontré otra cosa que preguntarme por la banalidad del ser humano, pero luego decaí en el aburrimiento y tras varios tropiezos, por comenzar una partida de ajedrez, aparecí navegando en la red. Un qué tal por aquí, un que te cuentas por allá, un cómo estás y yo un bien y así el tiempo dejaba de reírse de mi presencia. Sabes, haces un contraste, me dijo. ¿Contraste?, le contesté y luego de su respuesta entendí el papel que desempeñaba: del joven tranquilo que conversaba sobre música a comparación de mi contraste que le dedicaba nociones epistémicas del placer. Porqué los hombres son tan aguantados, me preguntó y sin aguantarme en la respuesta le contesté: Hay tres tipos de hombres: los que ven en la mujer la sensación de placer y nada más, los que la ven como un ser inalcanzable y los que la ven como compañera en su camino. Ella sonrió, supuse eso, sus grafías daban sensación de eso y empecé a reflejarme en la pantalla. Estaba solo, con los audífonos bien enganchados, escuchando a Atif Aslam –antes de él a William Luna, claro está– y me percaté de mi sombra, ya no era el mismo, algo me faltaba. Tal vez, la sensación de estar solo, fue el efecto de un recuerdo extraño e iniciador de todo esto: aquel perro que dejó de ladrarme.



Desdibujarme para deleite y gozo de otros, no era lo mío, pero sí para aquellos que la pretendían en la fiesta, ya que a cada paso, ellos emitían un grito de guerra y se lanzaban a conquistarla, eso irritaba y en cierta medida me llenaba de aburrimiento, una cierta pereza para combatir contra ellos, indignos de contienda, por ello salí del lugar asfixiado y mientras me preguntaba, ¿por qué una mujer, con esas cualidades, puede atraer a hombres tan indignos de pretenderla?, ella salía abatida de ese ambiente que había generado su presencia. Todo lo demás es historia conocida. Por ahora, sentado frente a la pantalla, me ha costado admitir que el perro,esforzándose en alejarme de ella, cometió su objetivo. Al irse derrotado, sembró en mí una incontrolable desazón: todos acabarán así de alguna u otra forma.Me sentí devastado, se había ido en él, las ganas de sentir esperanza hacia ella.

jueves, 28 de julio de 2011

Cuando sentí tu partida

en memoria a T. Silvestre


Era como muchos y a la vez tan distinto. Decíamos de él que era aquel que le gustaba aburrirse en las clases, aquel que se desprendía de su ser para irse a otros mundos y saludar a la alegría, la risa y el confort. Era como muchos y a la vez como pocos. Cada instante daba la sensación de decirnos en la cara lo tan contento que se puede ser cuando uno no se afana en las cosas que nos perturba. Ahora que la soledad, tal vez, invade ese espacio que él destinaba en nosotros, te recuerdo y me pregunto ¿por qué dejaste que nos riéramos un poco más antes que nos dejes?, ¿por qué siempre te gustó ese juego del desaparecer y aparecer sin saber cuándo volverás? ¿Por qué te has marchado y tu risa aún sigue zumbando en nuestros oídos?, es verdad, es verdad, eso es lo que enseñaste. Eso es lo que dejaste en nosotros: la felicidad. Y si me estuvieras viendo por algún lado de la casa, con esta soga al cuello, que no me deja hablar, que no me deja tan solo escribir, dirías: y dices llamarte hombre, como solías decirme algunas veces. Y yo voltearía a observarte y respondería: por qué nos dejaste, y de seguro me mirarías con una sonrisa media burlesca y expulsarías tu p.u.t.a. que cagón eres y al instante soltarías esa típica manera de reírte que me contagiaría por completo.

Esta soga al cuello, la saliva, la palabra, me oprime tu partida, tu descanso, tu ausencia y me hace recordar que nos diste aquello que muchos otros no nos dieron: la alegría, la manera de ver las cosas tan livianas y tan simples, la fórmula perfecta, que hasta ahora me es difícil encontrar, de pasarla bien.

Y fue un sábado donde todo aconteció tan repentino, tan fugaz y tan hiriente. La noticia se desparramó por los alrededores y al llegar a mí expresé, lo único que pudo sustentar mi razón, otra de tus bromas. Y quise pensar eso, quise sentir eso, quise reír y decir siempre tus locas bromas, pero al ver a todos que me miraban y lloraban, cabizbajos y sin ánimos de contradecirme, dejé de pensar en tu broma. Eras como muchos y a la vez tan distinto. Ese día esperé que llegaras un poco tarde, pero el horizonte me hería un poco más. Y bajé la cabeza, salió mis lágrimas y acepté tu partida.

 

sábado, 16 de julio de 2011

Último desvelo

Hay algo en mí que dice amarte, mirarte, pensarte e intento desistir y cada vez tus párpados dejan aquella sensación de confianza. Hay algo en mí que no comprendo de intensiones de pensarte, sentirte, de rendirme ante ti.

Y te nombro como aquel payaso que dejó soltando una sonrisa al aire, como aquel soldado que siente que morirá en el trayecto.

Y te nombro para alejar de mí esa sensación de opresión.

Aire astuta no has de construir sonidos ante mi morada, deja navegar esa palabra para que se diluya, que se borre de esta habitación y de seguro ha de dejar de nombrarla el eco, la pared, la esquina, el sofá.

Hay algo en mí que dice que no viajes y por eso deja que descanse en tus pantanos, en tu silueta, en tu dolor universal, deja que escuche nuevamente mi latido la sepultura de tus labios, que el sonido de tu silencio me haga trizas y que poco a poco me reconstruyas con tus manjares.

Deja despedirme, si es necesario, de tu destino, deja que te maches con mis palabras, para no pensarte y dejarle al viento una nota ante tu sepultura.

Déjame decirte adiós, si es necesario, intentarme retenerte y salvarte y salvarte.


domingo, 10 de julio de 2011

Y si te digo...



Y si te digo que me gustas y que aquel, que está a tu lado, no está apto para amarte, para brindarte en las mañanas todo el despertar y precisar el mismo beso que deseas obtener en tu primer aliento.

Y si te digo que me gustas y que aquel, que manipuló tu ser, no está apto para quererte, porque sabes bien que en tus desvelos no lo nombras y que al estar prendida en el recuerdo intentas registrarlo, detenerlo, obligando a tu memoria que él entre y repose en tus imágenes para hacer más verídico el amor.

Y si te digo que no te gusta, ese aquel, que dice estar presente en tu ausencia de reclamos y qué ha de reclamar si todo lo tuyo no le pertenece: ni esos besos, ni los te quiero que sueles darle.

Porque tú muy bien lo sabes, que él ya sabe, que no está apto para amarte.

Entonces, bien, qué has de esperar.

Y si te digo que me gustas, que suelo imaginarte entre mis suspiros, que suelo demostrarte con cumplidos empaquetados y cerrados para que protejan tu existir y a ti te consta que siempre paro en despedida de tu lado y cuando miras mi existencia hago un alto y te contemplo y te sonrío y te gesto una frase del cual sonríes; sonríes siempre y no siempre comprendes, como yo, este impulso mutuo del pasarnos bien.



martes, 14 de junio de 2011

Entre nosotros


Pensar, meditar, caminar de un lado a otro, seguir andando, mirar el cielo, observar que no siempre es como uno se imagina, un recuerdo que, poco a poco, se borra en mí. Tantas estrellas me deleitan la mirada y el frío, viento hermoso, me hace sentir vivo otra vez. Matar a uno es como matar a nadie y mejor aún cuando este cadáver vale más que un millón, es lo que dicen, es lo que hicieron conmigo.



   - Atrás… apártense… a un lado… no estorben
   - Aquí lo tiene, don Gerónimo, como lo prometí
   - ¿Es él?
   - El mismísimo, señor. Fue muy difícil haberlo capt…
   - No me interesan tus historias. Está muerto y punto… ¡jajaja!, ¿recompensa?, agradece que no arrasaré el poblado, así que lárgate si amas tu vida. Y escuchen ustedes: este cadáver intentó sublevarse, así quedará hasta que se pudra. Si alguien intenta sacarlo: lo acompañará colgado.


   Caminar, pensar, meditar, observar y tal vez no ver nada mientras te observo, ya que me distraigo entre el ayer y el recuerdo llano de tu historia. Aquel árbol, ya añejo, como el vino tinto de la misa que nunca fue, está concéntrico en una cuadrada plaza, esperando que recojan su historia; tanta historia marchita ha observado sus ya olvidadas hojas, perdidas miradas del ayer, y en el estandarte de su grandeza ahorcaron mi vejez. Noelia, Noelia, espero estés bien.

   - Compadre, ya deje de atormentarse
   - Cómo me encontraste
   - Todo hombre siempre retorna a sus últimas pisadas
   - Cuánto tiempo voy fuera de él
   - Casi veinticuatro horas
   - ¿Un día?, siento que ha pasado una eternidad
   - Lo sé, lo sé. Tengo que seguir mi camino
   - Fue un gusto haberte visto otra vez
   - Pero… ya deje de atormentarse, compadre. Solo quería darte esto antes de partir
   - ¿Qué es esto?
   - Es el cuchillo que atravesó el pecho de tu mujer
   - ¿Qué?, por qué me dice esto recién. Donde está, donde está, quiero verla, quiero verla. Quién fue el desgraciado, dígamelo compadre, fue Don Gerónimo, fue ese desgraciado capataz
   - Los muertos andan compadre, pero quienes se toman su propia vida no tienen ese privilegio. Ella prefirió eso a que la abusaran los gamonales. No sufra más compadre, rompa esa soga con este cuchillo y entierre su cuerpo. Aquí nadie lo hará.
   - Por qué me dice esto, compadre. Y el suyo compadre. Ahora cargo dos muertos.
   - El mío, no se lo hago responsable, compadre, es más me siento orgulloso de haberle dicho sus verdades a ese don Gerónimo…


   Pensar, caminar, meditar qué más puedo hacer, observar cómo la noche se desploma en mi mirada. En los andes las estrellas nos vigilan, nos alumbran, nos aguardan. Tal vez tenga razón o tal vez solo deba esperar, quizá uno se apiade de esta sombra o quizá el fétido olor sea necesario para que alguien llegue a romper la soga.



jueves, 9 de junio de 2011

Doce veces besé a Sol


La primera vez que la vi, sentí una atracción tan hiriente en el pecho. Mi fugaz persecución dio ventaja a su tenaz seducción. Era una chica tan sensible, pero a la vez un arma de seducción inimaginable. Sus ojos, sus labios, su manera de caminar, su voz, su cabello, todo en ella soltaba esa frescura y ese encanto de mujer que a todo hombre le fascina.

  - Y si te dijera que sí, me amarías
  - Sol, de aquí hasta la eternidad


  Fue el primer beso la grata sensación de su amistad, el silencio de un hasta luego y la persistencia de su imagen en mí, me alejé por cosas del destino y pensé no encontrarla más. Pasaron años y cada vez su imagen se me borraba, cada vez su recuerdo se me gastaba y ya la sensación de ese beso dejaba de existir.

  - Qué haces
  - Es un saludo a la inglesa o creo que es a la francesa, pero bueno, es diferente a la habitual
  - No te preocupes, Soledad, mi amigo es un poco loco
  - ¿Soledad?, ¿Soledad Godoy?
  - ¿Sí, me conoces?
  - Sol, ¿eres tú?
  - Qué, ¿se conocen?
  - Claro, claro. Éramos amigos desde niños, qué casualidad.

  Fue el segundo beso la prolongación de una vida disipada a la aventura, al descontrol. Ese día conversamos hasta el amanecer y en medio de una hermosa luna nuestros labios no dejaron de distanciarse. Llegó el tercer beso y al cuarto, luego prosiguió el quinto beso. Pasaron varios días después de esa noche, entre caminatas, encuentros sorpresivos y una tonta aparición en tu reunión clandestina. Ese día te sorprendiste al verme y todos alzaron la mirada, guardaron sus papeles con tal incertidumbre que tuviste que calmarlos. No se preocupen, es mi amigo, dijiste y todos calmaron su rabia y sentáronse soltando carcajadas. Muchacho, tienes agallas para entrar así sin avisarnos, pudimos haberte dado una paliza, dijo aquel que tenía la boina negra y un cigarro en su boca. Te reíste y suspiraste tan cálida que me disculpé con los presentes. Salimos del lugar, empezamos a reírnos de lo ocurrido y luego de unos cuantos minutos de satisfacción me preguntaste por qué te había buscado. Es tan simple, no te dejaré ir otra vez, le contesté; ella me miró tan sorprendida por mis palabras y atinó a que el silencio se entrometa por unos doce minutos.

  Llegamos a su casa, entré y en la oscuridad, tras varios te quiero, nuestros labios se unieron por sexta vez y la intensidad nos hizo llegar hasta diez. Nos miramos y algo en mí comprendió el final. Los pasos se hacían cada vez más notorios, los golpes resonaban con más intensidad, los vidrios caían en pequeñas proporciones y al derrumbar la puerta sus labios me brindaron el penúltimo beso.

  - Él no es parte, él no es parte de esto – gritaba
  - Cállate, terruca de mierda. Te jodiste, te jodiste y tu noviecito también

  Nos separaron y mientras intentaba protegerla, los golpes me llegaban con más intensidad. Perdí la noción del tiempo, caí y arrastraron mi cuerpo a la camioneta.

  Llegamos a un descampado lugar y tras varios golpes, varias amenazas, me hicieron cavar mi propia tumba, no era el único, creo que eso me reconfortaba; al menos no terminaré solo, me dije. Miré a mi alrededor y después de varios minutos a oscuras, prendieron algunos faroles que cegaban mis ojos. Entre lágrimas y muchas súplicas de los presentes observé la silueta de Soledad, me lancé sobre ella, la abracé, solté un en qué te has convertido y ella un lo siento mucho, un no te entiendo y un no pensé que me vigilaban.

  - Cállense carajo y tú deja de joderme la vida… levántate y tú también… en orden, oye imbécil, ¡en orden!... Todos mirando patrás, voltéense pes, estos hasta para morir son lentos… Así que achoraditos no… ¡Acaben con ellos!

  La miré nuevamente, sentía el cálido afecto de la muerte, era necesario dejar de maldecir todo este tiempo, sus besos, las tantas ocurrencias que me llevaron a ella, en el fondo sentía que era mi responsabilidad, mi culpa, que ella haya tomado esta iniciativa, esta vida, me sentía culpable. Tomé su mano, ella me miró, sonrió, fue cálida y le brindé el último beso.

  - De una vez, no tengo todo el tiempo del mundo… Aish, novatos de mierda… así se mata… así… Ahora ¡disparen carajo!

  Doce balas fueron suficientes para que mi cuerpo no olvide, nunca más, las veces que te besé.

viernes, 3 de junio de 2011

El efecto naranja o la agonía del Sol

Estábamos parados, esperando que nuestros corazones no dejasen de latir. Nos miramos y tras algunas arengas nuestros ánimos comenzaron a revivir. Todos alzamos las manos, pintados con el color de la paz, y tras algunos tropiezos emprendimos nuestro rumbo a la Plaza de Gobierno.

- Bájenmelos a todos, ¡no quiero a nadie vivo!
- Señor, son tantos
- Y qué mierda quieres, ¿que los deje pasar? Son ordenes del Gobierno y punto
- Pero… señor, son nuestros hermanos
- Déjate de cojudeces, hermanos no existen. Esos son una lacra de revoltosos
- Pero…

Ellos titubeaban y cada vez nos hacíamos más en multitud. Nuestras arengas componían melodías universales, llenas de esperanza y una atmosfera de supervivencia, pero ni el soplo insigne de nuestras emociones los alejaba de la masacre que nos oficializaba mandar. Los tanques, como era de esperar, llegaron con más potencia y en los cielos, teñidos ya de color ocre, se pronunciaban los desfiles tormentosos. Lanzaron la primera advertencia, nos paramos, por instinto nos paramos, pero luego de un grito insoslayable y un no nos rendiremos, avanzamos sin vacilación; en eso recordé la voz de mi padre, como un anuncio de una intensa agonía

- En verdad me equivoqué al haber dejado que todo siga degradándose, pero hijo perderte sería morir dos veces
- No es eso papá, es mi deber hacerlo por ti

Lanzaron una docena de bombas lacrimógenas con carcajadas de marionetas, ellos pensaban que seríamos partícipes de nuestra desesperación, pero al darse cuenta que no nos interesaba el olor, que emanaba de esa capsula, se espantaron, temblaron por un momento y comprendieron que el color de sus chaquetas se oscurecían cada vez más.



Tiempo atrás, Melquiades, había consignado una profecía donde estipulaba que el seis del cinco el mundo iba a colapsar y a causa de nuestro mal juicio nuestra tierra iba a teñirse de naranja, de las profundidades de la cueva, del cerro Karcelapu, saldrían los monstruos de épocas pasadas que acabó con más de un tercio de la población, que devoraban las lenguas, que hacían festines con el cerebro de nuestros padres, de nuestros abuelos, aquella época donde las mujeres ya no podían dar a luz.

- Y habrá alguna esperanza – le preguntó desesperada, aquella mujer, al escuchar la conversación
- Solo si se combate – respondió Melquiades
- Entonces… sí o no
- Es inevitable
- Brujo mentiroso, lárgate de aquí, vete a tu pueblo Matundo, Mantondor o como se llame
- Señora cálmese
- Deja de decir estupideces y lárguese

Melquiades, como todo hombre que avizoraba el futuro incierto, calló por un momento, observó a su alrededor y terminó su copa de un solo porrazo. Agradeció la invitación y se paró para salir de esa nauseabunda atmósfera. Solo la juventud será capaz de contrarrestarla… señora, dijo. Me impresioné por algunos segundos y al momento de reaccionar y querer saber más de lo que había dicho, él había desaparecido. Ahora que la multitud está a punto de encontrarse con su última hazaña, me pregunto qué tan importante puede ser la juventud en este momento, logrará trazar un nuevo camino, podremos superar lo dejado por nuestros padres, por nuestros abuelos.



Todos vociferaban con hidalguía, mantenían su coraje en alto, los disparos venían sin merecimiento de hermandad, todo a mi alrededor se vestía de un inmenso humo, lo naranja ya no se dejaba notar, la tierra teñida de ese color se acoloraba y se visualizaba un espectro rojizo, nuestra sangre, tal vez, nuestra sangre.

Los soldados se electrizaron al vernos seguir, no podían creer qué tan resistentes pueden ser las personas cuando el corazón late con fuerza. El oficial al mando insultaba la poca capacidad de ataque y cuando quitó un arma a un soldado, que tenía la mano temblorosa, se percató que en medio de la multitud estaba su hijo, se enfureció tanto que apuntó a su corazón. Él se percató que su padre lo apuntaba, se detuvo por algunos segundos, pero su deber podía más que su dolor; cerrando los ojos, comenzó a avanzar, mientras caían las lágrimas. El oficial al observar ese hecho disparó sin observar el objetivo, no quería ver cómo mataba a su propio hijo. La bala destrozó el cráneo del joven que estaba al lado de su hijo. Todos los soldados observaron ese hecho y depusieron las armas. El oficial cayó de rodillas y todos los soldados corrieron con la intensión de encontrar a sus familiares, a sus amigos con vida. El terror había dejado por un minuto de aparecer. La multitud, que quedaba de pie, arengó con el llanto; los soldados abrazaron a los que encontraban y se unieron en el aliento. Rompieron las rejas. Las avionetas por el impulso y el mandato del Gobierno comenzaron a disparar las bombas: el festín del terror comenzó a reinar el patio de Palacio. La tierra comenzaba a dejar de lado ese color naranjudo y a retornarse del color de la naturaleza, nuestra sangre derramada purificaba su ser.

- La juventud siempre será capaz de contrarrestar estos actos – expulsó Melquiades, que apareció de improvisto a mi costado – y no se llama Matundo o Mantondor, su nombre es Macondo. La señora tiene mala memoria ¿no lo cree, Jacob?

Me quedé estupefacto por su presencia, por su repentina aparición, por sus palabras tan calmadas en toda esta angustiante situación y en medio de esa atmosfera incierta comencé a despertar.

lunes, 25 de abril de 2011

Esfera de cristal





Era niño y la arena me era muy familiar, las pisadas empolvaban mi vida; pero era feliz, eso creo, creo eso porque sonreía con el polvo, la arena en el aire y las vueltas que me daba en ella.


      Era niño, lo recuerdo… recuerdo
      Recuerda y ahora entiende


La mañana alumbraba de maravilla y en medio de nuestro reino, fino amarillento, nos poníamos a dibujar, cada uno relataba su historia y lo sustentaba en el suelo con las líneas y formas que creaban nuestros dedos. Dibujaste un cuadro y encima una bola de cristal.


     Era extraño
     Extraño eso

Algo extraño, algo simple y no muy artístico, pero te sorprendías por tu arte. Ellos sonreían, yo sonreía sin darte un chance a que nos pudieras deslumbrar. Lloraste y el silencio calmó el brillo solar en nuestros corazones y empezamos a bajar las miradas con ánimos de culpa. Nos disculpamos con un ademán y una sonrisa tímida. Nos miraste, nuevamente nos miraste y empezaste a narrarnos una historia, entre tanto yo te observaba y reflejaba en tus ojos mi mirada.

     ¿Me veías?
     ¡Sí!

Me veías, te veía e imaginaba ser el caballero solitario de tu historia que buscaba aquella esfera de cristal. Siempre quisiste ser dueña del tiempo, maniobrar en las visiones y dibujarme una sonrisa con tus ojos, siempre anhelabas ver el después y contentarme con los designios que creabas; pero el sol ya se desterraba y a esas horas los vientos corrían sin espera, sin prédica de compasión.

Yo contuve a los vientos, ¡malditos vientos!, una… una vez, dos, tres, cuatro veces y mi cuerpo ya no resistía más. Todos observaban mi proeza y estupefactos atinaban a esperar que los vientos no borrasen las imágenes, que el sol retorne y abrigué nuestra sonrisa en el mar. Me miraste y absorta decías que dejase de cuidarte, protegerte. El viento retornaba y yo insistía en expulsar la rabia absoluta que te era prohibido admitir. Cubrí otra vez la imagen, tu cuerpo y tu plena libertad. Ellos quedáronse aturdidos, retrocedían como un cangrejo hacia el mar. Y sus pisadas elevaban mi amargura y entre tanto las olas componían melodías de sangrienta tempestad.


    Me mirabas
    Tus ojos decían que me fuera, mis ojos te mostraban lealtad.


Te di la espalda para enfrentar a mi destino, lograr tu independencia, salvar tu libertad; pero los vientos, viejos vientos, ¡malditos vientos!, empezaron a elevar su ira obtusa y en lo alto, la navaja, dejó su imagen en el tiempo mientras brotaban gotas de valiente soledad. Mis manos dejaron de expulsar amarguras de pronta injuria y mientras persistía la noción de la imagen que retenía en mi memoria, mi cuerpo fue navegando por los aires hasta caer en el dibujo y borrar la esfera de cristal.


Habías dejado de sonreír esa tarde, había dejado de ser niño ese día.
Habías dado varios gemidos, había sangrado mi espalda en el mar.

Ahora entiendo por qué las lágrimas en tus ojos:

                                                                        Viste el futuro
                                                                        Viste el suceso
                                                                        Viste mi final.



lunes, 4 de abril de 2011

Tu naturaleza salvaje

Entonces la luna me dijo: “hombre salvaje, donde vayas no habrá sol” y sin rumbo estuve andando, divagando como el chiriwayra en tiempos de sequía, pero una tarde, obtenido por el sabor autóctono de mi música, comencé a mirarla, distraídamente, queriendo registrar sus pasos, observar su rostro en la posteridad, inmortalizarla, tal vez, algún día. “Hombre salvaje, donde vayas no…”, se repetía y repetía en el viento, en la atmósfera y respondí sin ánimos de gloria: “no habrá sol, pero siempre me alumbrará el recuerdo de esta bella estrella que pasa a cada instante por mi lado” y el cielo dejó caer una sonrisa, mientras la música se esparcía por todos los rincones del escenario. La miré y ella volaba por los aires, danzaba nuestra música con pasos firmes y enredadas trenzas en mi imaginación. Ella siguió pasando de un lado a otro, subía escalones, bajaba luego, entraba en el camerino, sonreía al viento, suspiraba de a poco y esperaba el momento para deleitar al público, danzar como nuestros ancestros, mientras yo en la corta distancia me deslumbraba por su naturaleza salvaje

jueves, 3 de marzo de 2011

Escalofríos


Y mentíamos a cada instante como si el decir la verdad resultaba un mal juego, un mal presagio, una mala sensación. Caminábamos, como suele hacerse en estos días, sin mirarnos y en ocasiones nos gustaba mirarnos de reojo, no importaba lo cual lejos estábamos, hasta la indiferencia nos resultaba más cómoda, más cercana, cada gesto ingrato guardaba un te extraño, cómo estás, quiero que me hables, y más palabras. Seguíamos caminando sin mirarnos y a cada paso que dábamos permanecíamos suspirando por el recuerdo, bah!, no importaba quien de los dos pudo dar el primer paso, porque siempre resultábamos echarnos para atrás, nuestro orgullo pudo más que nuestros labios y en las estaciones de enero nuestras vidas se apartaron. Ahora, estoy buscando cada paso que he dejado sin terminarlo. Cada instante que retorno finges no escucharme, sientes que estoy presente en ti y empiezas a llorar, sientes frío y tu suspiro congela mi sonrisa.

sábado, 8 de enero de 2011

Juramento nostálgico

JURAMENTO NOSTALGICO

No llores sola, nunca lo hagas 


Cuidaré de ti, dije mirando su bello rostro, sus pequeños ojos achinados, acariciando su suave piel; ella no entendía por qué hacía esto, no lo entendía, nunca lo entendió, ya que las palabras fueron secretas, un juramento donde ella no era partícipe.



***


Recuerdo aquella tarde, era una tarde muy común en este tiempo, el frío helado y el sol ardiendo en su reino. Nosotros éramos dueños de la insatisfacción, pero ella tan solo de la nostalgia. Tengo que ir, me dijo. ¿Dónde?, contesté. Hoy visitarás a mis hermanas y conocerás a mi tío, me explicó con una melancólica sonrisa y yo sin una palabra resaltante alcé la cabeza y la bajé, sonreí y rosé su rostro con mis manos que lanzaban sentimientos de hermandad. Entonces vamos y así pasó.



Terminando las clases fuimos al encuentro familiar. Ella mostraba un silencio tan conmovedor que mis palabras carecían de solidaridad, le mostraba el mundo sonriente y ella tan solo atinaba a mirarme, tan fijamente, y a contemplar sus recuerdos en mí, yo insistía en dibujar el mundo con las manos y cuando estaba a punto de mostrarle, con el viento, mis sentimientos, ella alzó su brazo, tocó mi mano, me detuve, la miré y me dijo con una voz entrecortada ya bajaremos ¡Ves esa esquina!, ahí tenemos que bajar. Yo me quedé en silencio, ahora era yo quien mostraba el silencio conmovedor, bajamos y cuando me di cuenta ya estábamos preguntando por algunas flores. Es necesario llegar antes que ellos, me dijo. ¿Antes? ¿De quién?, pregunté sorprendido. Se sintió el silencio que enfriaban mis ganas de quererla.



Ella caminó, la seguí, estábamos frente a las puertas del jardín del silencio, era necesario dar este recorrido para llegar a su casa, aunque no la conocía, nunca la conocí, pero me habían dado alguna referencia para llegar a ella. De mis padres – comenzó a decir – si te ve mi papá o mi hermano, no sé que me pasaría, diciendo esto tomó de mi mano y me hizo entrar, yo solté su mano y comprendí el motivo, le brindé un abrazo, eso de los que ella entendía el significado, ella agradeció, volteamos a la derecha y pasando dos muros nos detuvimos. Espera aquí, tengo que decirles que vengo acompañada. Caminó un paso y dio la vuelta. Se escuchó el rose de una lágrima que caminaba indiscretamente por su rostro. No me aguanté y di un paso, me agaché y mi mano fue testigo de su lágrima, ella me miró con la sorpresa de un sacrilegio, me paré y sonreí. En esta mano está una lágrima, déjame compartir la mitad de tu tristeza, ¿por qué lloras sin mí? ¡Ah! Disculpen me presento, soy – ella atinó a sonreír – Jacob, me llamo Jacob – empezó a llorar, como lluvia en enero, la abracé, me abrazó – Siempre hace lo mismo, aunque hay veces es muy fría. No se preocupen yo soy como un bufón en su vida, ella golpeó mi pecho, secó sus lágrimas y empezó a sonreír. Dejando mi cuerpo de lado empezó a brindarles una sonrisa y un suspiro que encendía mi congoja y hacía retornar esa sensación de retener el tiempo, nuestro tiempo. Yo empecé a cambiar las flores, ella retomó su conversación, de pronto algo sucedió: mi tío está un poco incómodo contigo, ¡viste las flores! Casi se caen y era cierto, yo también lo sentía, los miré y me quedé en silencio, un silencio que era dueño de mis pensamientos; ella me agarró de la mano y dio a entender que ya era hora de partir, la seguí, pero antes me despedí diciendo: otro día terminaremos nuestra conversación, no se preocupen, yo la cuidaré. Ella sonrió y me agradeció el gesto, yo tan solo atinaba a mirarla y a darle un abrazo. Ya están por llegar, yo esperaré aquí, me dijo. No te preocupes, no me verán.



***


¡Por qué haces esto!, me decía mientras caía mi cuerpo maltrecho. Lo hago porque sí – ella se sentó y acarició mi rostro ensangrentado – ¿cuánto tiempo ha pasado desde la primera vez que fuimos al campo santo?

¿Por qué la pregunta?, respondió. ¿Fueron diez, verdad?, pregunté. ¡Sí!, contestó. El otro año me jubilo, ¡jajaja!, mi risa fue tan contagiante que ella no dudó en seguirme.



***



Hoy tal vez es el último día que nos veamos, me decía mientras el carro seguía su rumbo, estábamos sentados, yo era el acompañante en este trayecto, tal vez tenía razón, tal vez era el último día que podía hacer esto. El examen aún seguía en mi cabeza, los resultados saldrían dos días después, estaba seguro que entraría, pero eso era a la vez un suplicio, ya no la volvería a ver, este, tal vez, era el último día que la pueda tener cerca. Cierra los ojos – me dijo sonriendo – no, no, en verdad ciérralos, no hagas trampa – los cerré – te estoy viendo, ¡ciérralos bien! Cerré los ojos y la oscuridad por primera vez se sintió placentera, sus labios habían tocado los míos y la brisa del viento nos refrescaba. Soltamos frases que estaban guardados en unos corazones gastados por la nostalgia. Fue un once de marzo del año que ya no es necesario ponerlo, cinco meses después de la primera visita familiar al jardín del silencio.



Nos besamos, nos dimos, tal vez, el último abrazo con estas sensaciones. Yo ya tenía que bajar, pero insistí en quedarme, un rato más, solo un rato más. Pasamos aquel jardín del silencio y hasta aquí me era permitido, me despedí de ella, bajé y el mundo que aquella vez le dibujé con el viento se volvió, en aquel instante, realidad; caminé algunos pasos y recordé la conversación que no llegué a terminar, caminé rumbo a ellos con el examen, el lápiz y el borrador. Llegué y al mirar los saludé ¿pasó mucho tiempo verdad?, sentí su molestia otra vez y la alegría de sus hermanas. Empecé a brindarles el conocimiento de mis sentimientos hacia ella, ellos me sonrieron, eso lo sentí y comprendí que ya era parte de ellos. Di un último paso, miré el cielo, los miré y expulsé un juramento donde los demás en silencio fueron mis testigos. Cuidaré de ella hasta donde mi vida y ella me lo permitan, dejé un pedazo de hoja donde escribí: yo también siento lo mismo por ti, no llores sola, nunca lo hagas. Dejé ese trozo de papel encima una piedra y retorné al rumbo de mi historia.



***



Ya son diez años, ¡que rápido pasa el tiempo!, dije agarrándole la mano. Ella mostró asombro, ya que sintió el afecto de aquellos tiempos. Yo también te quiero, me dijo brotando una lágrima y luego besó mi mano como agradecimiento a todo lo que hice por ella.



Y pensar que pensé que moriría en tus brazos, pero sí que esta bala me ha quitado ese gusto de morir por tu amor. ¡Cállate, no hables así!, fue mi culpa. ¿Que aún esté vivo? – sonreí – no llores sola, nunca lo hagas, luego de estas palabras ella fue a buscar algo en su cartera, insistentemente, como si la vida se fuera en esos segundos. Mostrándome lo buscado dijo como vencedora de un hallazgo, si hubiera resuelto un enigma: lo supe, lo supe desde la primera vez que lo leí, sabía que eras tú. Mostró aquel pequeño trozo de papel y sacándome la lengua, como símbolo de triunfo, me dejó dormir.



martes, 7 de diciembre de 2010

Cuando me dejaron tus huellas



Y a lo lejos lo mirabas, estaba sentado esperando que llegaras, sonreía y eso te angustiaba un poco más, no querías dejarlo, no querías decirle nada, nada, nada dices, nada dirás, te irás sin verlo que está corriendo, que sigue buscándote entre tantas personas en el parque, él correrá, correré, y ya no podré verte, ya no podré saber dónde estás, dónde fuiste y por qué me dejaste esperando sin despedirte, sin decirme algo, nada, nada, nada dices, nada dirás, no dirás nada a los que te pregunten de tu vida y yo solo correré de lado a lado, golpearé a algunos transeúntes, caminaré hasta decir basta, buscaré con mis lágrimas tu presencia, tu silueta y tu humanidad, dejaré que mi mano siga buscándote en mis sueños (porque tendré varios) queriéndote atrapar, atrapar, quiero atraparte y no dejarte ir, no importa si no comemos, no importa si me dejas un instante más, no importa que durmamos sin tener nada en la barriga, no importa si empiezo a morir de a poco… Te vas y te dejas perder entre todos, te vas y dejas que yo corra sin saber por qué desapareces y mis pasos y mis pasos ya no pueden seguirte, eso era lo que querías, eso era, era eso lo que querías; ahora a esta hora ya no sabré a dónde has ido. Qué le dirás a mi hermano, qué le dirás para que entienda que ya no vendré a jugar con él a los carritos chocones, al superhéroe en busca de alimento, a las canicas hecho con tierra, piedra y agua de pozo, qué le dirás para que entienda que no me verá más.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Me detengo a saludarte

Y te sentaste tan admirada de tu silencio, observabas las líneas que tejían una idea y pensé, en un instante, por qué has de estar aquí sentada, tan iluminada para los demás; dícese de ti que fuiste la musa de una generación de perdedores que aprendieron platónicamente a mirarte y hoy, tal vez, me acoge a esa historia. Tan distante a mi distancia, no natural a mi presencia y das suspiros para que el aire sienta que presumes el esfuerzo agotador que se da a cada lectura. Y me deleito con tus gestos, agarras tu cabellera, no tan liza, y transitas sobre su ser.

Musa al fin de muchos hombres que quedaron sepultados, aquel día, ante tu semblante. Habías dejado de ser divina para sus placeres, pues tu vientre dejó caer la humanidad y él creció. Ahora te contemplan más distante. Yo, a simple cuenta, solo estoy escribiendo sin saber por qué algo en ti ha causado este efecto, tal vez, porque eres musa al fin y al cabo.

Tan divina, tan humana, te detienes y suspiras al cielo y te contemplo y te contemplo cuando alzas la hoja para que la casualidad haga su trabajo. Tus ojos me observan, te miro, sonríes, alzas la mano, mueves tu rostro en vertical y me detengo a saludarte.

sábado, 13 de noviembre de 2010

En la espera



Todos habían esperado en la puerta, imaginaban que iba a salir de la sala de operaciones con una sonrisa, como siempre lo hacía, como siempre solía hacerlo, pero esta vez no salí, no salió nadie a decir alguna palabra, pero igual todos esperaban que saliera de alguna parte, que mi rostro mostrara nuevamente ese resplandor que tantas veces les estropeaba a su tristeza. Sentados, parados, algunos mirando al vacío, otros observando las manijas del reloj.
El recuerdo siempre llega en estos momentos y cada quien sonreía a su manera, cada palabra es recordada en situaciones diferentes. La historia no termina, como si algo ha de empezar después de lo ocurrido, como si todos podrán decir tienes razón, ya te habías despedido y no quisimos aceptarlo. Nadie salía, nadie, porque desperté cuando escuché su voz, cuando sentí sus manos tibias, un tanto temblorosas, sus gotas de tristeza que caían con tanto amor y ofrecía tanta fuerza a mi retorno. Ellos aún seguían esperando que saliera, que dijera que ya no podré volver, que me quedaré para siempre y que la distancia de todo lo vivido se esfumará cuando mi cuerpo sea trasportado a una caja y sea enterrado para podrirse lentamente, pero ya me había ido.

sábado, 16 de octubre de 2010

A pesar de todo esto

A PESAR DE TODO ESTO


Para ti debo ser pequeña hermana,
El hombre malo que hace llorar a mamá.

Juan Gonzalo Rose: Carta a María Teresa


Salí de mi casa sin merecer un mísero afecto. Todos pensaban que ya había muerto mi manera sutil de decir las cosas. Hice llorar a mamá y un poco antes de golpear la puerta pude hallar su semblante en mis ojos. Nadie hubiera imaginado que un hombre como soy, como lo fui, tenga que dejar una imagen tan hiriente, instintivamente letal.


Caminé en busca de respiro, bah!, si encontrara al menos algo que pueda calmar mi tristeza. Mamá está llorando y yo caminando sin estar tras esa puerta a esperar que salga taciturna, inquietante y llorosa hasta los átomos de su ser. Bah!, si hubiera esperado tan solo unos segundos, tan solo la brisa amarga, el cálido afecto de mi triste madre. Bah!, los átomos de hidrógeno y oxígeno no componen más mi llanto, es el núcleo químico mi respiro atómico y sigo caminando en busca de respiro.


Mamá está llorando y a lado mi hermana la consuela con tibio afecto él vendrá, él vendrá y bien sabes que ya no llegaré al almuerzo, no comeré otro pan que guardo siempre en la cocina, junto a la banca frente a la puerta, al costado del escritorio, ya no comeré más pan en nuestra mesa, pero ella sabiendo eso la engaña con tibias mentiras y no sabe que un domingo cualquiera y no comprende que esa brisa moribunda hiere más el latir de mamá. Él vendrá, él vendrá, insistes nuevamente.


¡Calla!, deja de desventurarle el alma, apártate de ella, no la convenzas que su hijo desistirá en su camino, no transites en su mirada, déjala que suspire, déjala que me busque, pero por favor no te apartas de ella, no ves que aún está llorando.


Salí de mi casa sin merecer un mísero afecto, todo había comenzado con mi deber y mis principios. No habrá pan para mayo ni pavo para navidad y bien sabes que ya no llegaré al almuerzo y bien sabes bah!, me duele en el alma, que hice llorar a mamá.

viernes, 8 de octubre de 2010

Prosáteo


Hoy he vuelto a escribir entre lágrimas lo que fue de esta historia, aquella vida que permaneció en un silencio, aquel amor que el destino por envidia a mi fugaz alegría lo arrebató.

Hoy he vuelto a escribir entre lágrimas aquella historia que termina con un profundo dolor. No soy dios para juzgar la vida, pero soy un ser viviente que exige que se respete su opinión. Y ante el cielo estoy en desventaja, ya que alumbra y yo oscurezco en su interior.

¡Más lejana es la luz que me acompaña!
¡Más cercana es la muerte y mi dolor!

Hoy con miras al cielo me pregunto: ¿por qué dios no me escuchó?, se la llevo en una tarde cuando el cielo muere sin despedirse en el alba, en una tarde donde ya habita el rencor.

Debió valer las flores en el agua, debió valer los rezos en el santuario de aflicción, las cumbres velas en el mural del patio cerrado, debió valer mi llanto... mi dolor.

Y nada de eso aplacó su cruel sufrimiento y nada de eso calmó su dolor, sentí que el cielo me dio la espalda, sentí que en el cielo no existe corazón. Y fui cobarde al creer que te ayudaba y fui cobarde al creer que existía un dios. Y si existió algún día, ¡por qué aquella tarde descansó!, ¡por qué no aplacó tu llanto!, ¡por qué no aplacó tu dolor!

- No hay lluvia en el cielo. El cielo no escucha, señor.

Y si bien fui un rayo de luz en tu mañana, no ayudé en nada para que desterraras tu agonía, tu dolor.

Yo te amé como lluvia en madrugada y me dolía ver tu rostro melancólico, lleno de esperanza, lleno de dolor y aquella tarde que el doctor ya te sentenciaba, aquella tarde, yo sentencié la inexistencia del que mora arriba, la inexistencia de tu dios.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Cuadro



Ayer sentí la esperanza de tenerte en mis brazos. No logramos dibujar nuestro mundo y si lo hicimos, tal vez, la lluvia nos estropeó todo. Nuestros lienzos no fueron precisos, fueron caóticos, tal vez, abstractos. No logramos dibujar nuestro mundo, pero lo intentamos, lo intenté, porque tú solo ponías los colores ásperos, otras veces llamativos. Pero no ayudabas con la imagen, solo apreciabas, como una observadora punzante, mis pinceladas; y criticabas aún teniendo poco conocimiento de arte, de arte sentimental. Y me sentía caótico, lleno de manchas garrafales en nuestros trazos gráficos. Me sentía engañado, engañado al creer que te tenía impresionada, impactada con mis sentimientos gráficos; pero no, no lograbas sentir mi espíritu, mi esencia, mi cariño hacia ti.


Dibujé mis principios, dibujé mis palabras, pero no pudiste interpretarlos.

Ayer sentí la esperanza de encontrarte en mi camino y caminé con la locura de hallar paz en mi suspiro. ¡Y qué encontré! Encontré mis propias huellas hundidas y me dije, impresionado, desvirtuado y opacado, que: Este camino ya lo pasé. Y me sentí un mendigo, un mendigo que caminó con la desdicha de encontrar sus propias huellas.

Hoy está lloviendo y estoy caminando por el charco, recordando sucesos que alguna vez pensé que eran realidades. Me estoy dejando empapar de ilusiones, de suspiros, de suspiros.
Y está lloviendo, cayendo lágrimas en este suelo áspero y maltrecho, pero yo igual sigo en busca de ilusiones, de recuerdos que, tal vez, se quedaron en el olvido; pero no, no quiero caminar otra vez por los mismos misterios de tu olvido, no quiero interrogar a mis recuerdos cuáles fueron las causas para tal enigma, tal misterio.

Y tal vez sea un martes cuando te diga que estoy cansado y que la noche ya está cerca para apoderarse de mí y tal vez mis pinceladas, que se están borrando por la lluvia, quedarán guardadas en mi corazón, solo en el mío, porque sé que en ti no podrá pintarse.

Hoy me siento un mendigo, como ayer, porque mi arte sentimental quedó deshecho. Nuestros lienzos no fueron precisos, fueron caóticos, tal vez, abstractos.
Alex Ramos Arancibia
JaCoB
El recuerdo no sabe de cronología