JURAMENTO NOSTALGICO
No llores sola, nunca lo hagas
Cuidaré de ti, dije mirando su bello rostro, sus pequeños ojos achinados, acariciando su suave piel; ella no entendía por qué hacía esto, no lo entendía, nunca lo entendió, ya que las palabras fueron secretas, un juramento donde ella no era partícipe.
***
Recuerdo aquella tarde, era una tarde muy común en este tiempo, el frío helado y el sol ardiendo en su reino. Nosotros éramos dueños de la insatisfacción, pero ella tan solo de la nostalgia. Tengo que ir, me dijo. ¿Dónde?, contesté. Hoy visitarás a mis hermanas y conocerás a mi tío, me explicó con una melancólica sonrisa y yo sin una palabra resaltante alcé la cabeza y la bajé, sonreí y rosé su rostro con mis manos que lanzaban sentimientos de hermandad. Entonces vamos y así pasó.
Terminando las clases fuimos al encuentro familiar. Ella mostraba un silencio tan conmovedor que mis palabras carecían de solidaridad, le mostraba el mundo sonriente y ella tan solo atinaba a mirarme, tan fijamente, y a contemplar sus recuerdos en mí, yo insistía en dibujar el mundo con las manos y cuando estaba a punto de mostrarle, con el viento, mis sentimientos, ella alzó su brazo, tocó mi mano, me detuve, la miré y me dijo con una voz entrecortada ya bajaremos ¡Ves esa esquina!, ahí tenemos que bajar. Yo me quedé en silencio, ahora era yo quien mostraba el silencio conmovedor, bajamos y cuando me di cuenta ya estábamos preguntando por algunas flores. Es necesario llegar antes que ellos, me dijo. ¿Antes? ¿De quién?, pregunté sorprendido. Se sintió el silencio que enfriaban mis ganas de quererla.
Ella caminó, la seguí, estábamos frente a las puertas del jardín del silencio, era necesario dar este recorrido para llegar a su casa, aunque no la conocía, nunca la conocí, pero me habían dado alguna referencia para llegar a ella. De mis padres – comenzó a decir – si te ve mi papá o mi hermano, no sé que me pasaría, diciendo esto tomó de mi mano y me hizo entrar, yo solté su mano y comprendí el motivo, le brindé un abrazo, eso de los que ella entendía el significado, ella agradeció, volteamos a la derecha y pasando dos muros nos detuvimos. Espera aquí, tengo que decirles que vengo acompañada. Caminó un paso y dio la vuelta. Se escuchó el rose de una lágrima que caminaba indiscretamente por su rostro. No me aguanté y di un paso, me agaché y mi mano fue testigo de su lágrima, ella me miró con la sorpresa de un sacrilegio, me paré y sonreí. En esta mano está una lágrima, déjame compartir la mitad de tu tristeza, ¿por qué lloras sin mí? ¡Ah! Disculpen me presento, soy – ella atinó a sonreír – Jacob, me llamo Jacob – empezó a llorar, como lluvia en enero, la abracé, me abrazó – Siempre hace lo mismo, aunque hay veces es muy fría. No se preocupen yo soy como un bufón en su vida, ella golpeó mi pecho, secó sus lágrimas y empezó a sonreír. Dejando mi cuerpo de lado empezó a brindarles una sonrisa y un suspiro que encendía mi congoja y hacía retornar esa sensación de retener el tiempo, nuestro tiempo. Yo empecé a cambiar las flores, ella retomó su conversación, de pronto algo sucedió: mi tío está un poco incómodo contigo, ¡viste las flores! Casi se caen y era cierto, yo también lo sentía, los miré y me quedé en silencio, un silencio que era dueño de mis pensamientos; ella me agarró de la mano y dio a entender que ya era hora de partir, la seguí, pero antes me despedí diciendo: otro día terminaremos nuestra conversación, no se preocupen, yo la cuidaré. Ella sonrió y me agradeció el gesto, yo tan solo atinaba a mirarla y a darle un abrazo. Ya están por llegar, yo esperaré aquí, me dijo. No te preocupes, no me verán.
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¡Por qué haces esto!, me decía mientras caía mi cuerpo maltrecho. Lo hago porque sí – ella se sentó y acarició mi rostro ensangrentado – ¿cuánto tiempo ha pasado desde la primera vez que fuimos al campo santo?
¿Por qué la pregunta?, respondió. ¿Fueron diez, verdad?, pregunté. ¡Sí!, contestó. El otro año me jubilo, ¡jajaja!, mi risa fue tan contagiante que ella no dudó en seguirme.
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Hoy tal vez es el último día que nos veamos, me decía mientras el carro seguía su rumbo, estábamos sentados, yo era el acompañante en este trayecto, tal vez tenía razón, tal vez era el último día que podía hacer esto. El examen aún seguía en mi cabeza, los resultados saldrían dos días después, estaba seguro que entraría, pero eso era a la vez un suplicio, ya no la volvería a ver, este, tal vez, era el último día que la pueda tener cerca. Cierra los ojos – me dijo sonriendo – no, no, en verdad ciérralos, no hagas trampa – los cerré – te estoy viendo, ¡ciérralos bien! Cerré los ojos y la oscuridad por primera vez se sintió placentera, sus labios habían tocado los míos y la brisa del viento nos refrescaba. Soltamos frases que estaban guardados en unos corazones gastados por la nostalgia. Fue un once de marzo del año que ya no es necesario ponerlo, cinco meses después de la primera visita familiar al jardín del silencio.
Nos besamos, nos dimos, tal vez, el último abrazo con estas sensaciones. Yo ya tenía que bajar, pero insistí en quedarme, un rato más, solo un rato más. Pasamos aquel jardín del silencio y hasta aquí me era permitido, me despedí de ella, bajé y el mundo que aquella vez le dibujé con el viento se volvió, en aquel instante, realidad; caminé algunos pasos y recordé la conversación que no llegué a terminar, caminé rumbo a ellos con el examen, el lápiz y el borrador. Llegué y al mirar los saludé ¿pasó mucho tiempo verdad?, sentí su molestia otra vez y la alegría de sus hermanas. Empecé a brindarles el conocimiento de mis sentimientos hacia ella, ellos me sonrieron, eso lo sentí y comprendí que ya era parte de ellos. Di un último paso, miré el cielo, los miré y expulsé un juramento donde los demás en silencio fueron mis testigos. Cuidaré de ella hasta donde mi vida y ella me lo permitan, dejé un pedazo de hoja donde escribí: yo también siento lo mismo por ti, no llores sola, nunca lo hagas. Dejé ese trozo de papel encima una piedra y retorné al rumbo de mi historia.
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Ya son diez años, ¡que rápido pasa el tiempo!, dije agarrándole la mano. Ella mostró asombro, ya que sintió el afecto de aquellos tiempos. Yo también te quiero, me dijo brotando una lágrima y luego besó mi mano como agradecimiento a todo lo que hice por ella.
Y pensar que pensé que moriría en tus brazos, pero sí que esta bala me ha quitado ese gusto de morir por tu amor. ¡Cállate, no hables así!, fue mi culpa. ¿Que aún esté vivo? – sonreí – no llores sola, nunca lo hagas, luego de estas palabras ella fue a buscar algo en su cartera, insistentemente, como si la vida se fuera en esos segundos. Mostrándome lo buscado dijo como vencedora de un hallazgo, si hubiera resuelto un enigma: lo supe, lo supe desde la primera vez que lo leí, sabía que eras tú. Mostró aquel pequeño trozo de papel y sacándome la lengua, como símbolo de triunfo, me dejó dormir.